viernes, 2 de octubre de 2009
La Ley de Memoria Histórica
Está intrínseco, desde el principio de los tiempos, el respeto y la veneración hacia los muertos en la cultura europea.
Centrándonos en el caso español, tan solo hay que acercarse a contemplar un cementerio el día de Todos los Santos, para observar que en nuestra herencia cultural, esa veneración y ritual asciende a lo sagrado y está más marcada aún si cabe.
Quizás, en la España actual, con la creciente desvinculación de la religión cristiana, el ritual de cuidar de la tumba del ser querido ha perdido algo de importancia, sin embargo, para las generaciones que vivieron en el panorama social español de hace tres décadas, sigue teniendo una importancia simbólica suprema.
Cuidar de la tumba de un ser querido, supone una forma de superación de su pérdida y la representación del recuerdo, de que ese ser no ha caído en el olvido y en definitiva que su vida no fue en balde.
Pero, a demás, si la muerte del susodicho fue a causa de la situación política del país, si su muerte fue violenta, injustificada y temprana, la superación del arrebato de esa vida, es aún más complicada.
¿Qué ocurriría en el caso de que esa forma de superación, el ir a llorar la muerte de una persona a su supuesta tumba hubiera sido durante años un terrible engaño?¿Qué pasaría si el dolor que provocó el asesinato de un familiar a manos de otra persona volviera a resurgir al constatar - como es el caso de la familia de la noticia- que está enterrado junto a su verdugo?.
Los hay de la opinión de que la Ley de Memoria Histórica no sirve más que para abrir la brecha, la frontera ideológica y las heridas que sufrió la sociedad española durante la guerra y los años de dictadura.
Sin embargo, estas personas, quizás no se detienen a meditar el valor simbólico del que hablaba.
No creo que la Ley tenga que ver con el rencor social, ni con cuestiones ideológicas. Tiene mucha más importancia que eso. Es algo que defiende el derecho de las personas que fueron despojadas de esa manera de ritualismo, de espiritualidad, de eso que como he dicho, está intrínseco.
No pienso, sinceramente, que a los descendientes de las víctimas del franquismo les interese librar una batalla vengativa en conmemoración de lo que sufrieron sus antecesores. Tampoco creo que la compensación económica les valla a devolver a sus parientes.
Creo, más bien, que su pretensión es hallar una prueba física de que sus familiares realmente existieron, vivieron, sufrieron y murieron, para así poder asimilarlo y reflexionar sobre esto.
Sin duda, el problema, de nuevo, como tantas veces ocurre con los problemas sociales, es que los detractores de la Ley se empeñan en cifrar, burocratizar y contabilizar personas, vidas humanas, sin observar los aspectos de lo espiritual.
El hombre que vivía en un reloj
Los días pasan, las horas se esfuman, los minutos mueren y los segundo se carcajean de nuestro asombro al contemplar horrorizados el paso del tiempo. Siempre dejamos las cosas más importantes para mañana, siempre pensamos en un tiempo ulterior superior, creemos que el tiempo todo lo cura y pensamos que todo irá a mejor...¡¡¡¡Cuán estúpido es el ser humano!!!! pues no caemos en que todo ese tiempo que dedicamos a posponer las cosas para después es un tiempo que no volverá, que se ha marchado; todo ese tiempo que dedicamos a soñar con un futuro mejor, es en realidad, incautos, un tiempo precioso para invertirlo en pensar soluciones presentes a nuestros problemas.
El tiempo nos atormenta, nos espanta, nos encarcela. Cuántas veces decimos "no tengo tiempo" cuando, en realidad, estamos negándonos a nosotros mismos hacer lo que queremos hacer, lo que permitiría que fuéramos felices. Y la cuestión es: qué tiene prioridad, ¿nuestro tiempo o nuestra felicidad?.
Sin embargo, el ser humano está hecho a vivir entre los barrotes invisibles del tiempo y cierto es que ningún tiempo es perdido, siempre es ocupado por algo. Incluso a veces ocupamos nuestro tiempo preguntándonos cúanto tiempo hemos desperdicioado, sin darnos cuenta que al reflexionar esto estamos desperdiciando aún más tiempo...pero desperdiciar no es perder, porque esa reflexión nos ha hecho ampliar nuestro conocimiento sobre los límites del tiempo.
Así pues, quizás una sonrisa asome en nuestra boca al pensar que igual, no es el hombre el que vive en una cárcel de tiempo, sino que es el tiempo el que vive encarcelado en los relojes de los hombres.
El tiempo, señores míos, no es más que un invento del hombre para situarse, no perder el control, organizarse, pero nunca fue concebido para encerrarnos. La velocidad del mundo moderno ha hecho que el hombre viva para complacer al tiempo, y no el tiempo para ayudar al hombre.
Así pues, tú eliges: o sentirte tremendamente estúpida o estúpido por haber desperdiciado unos minutos en leer esto o bien sentirte felíz por haber compartido una reflexión conmigo y haber sopesado el valor real del tiempo. Sea cual sea tu opción elegida, muchas gracias por tu tiempo.