Cabalgo por entre las sombras perdidas de este oscuro bosque. Mi corazón, atenazado por el miedo bombea mi sangre helada. Tras cada recoveco imagino seres observándome, esperando pacientes a que caiga para cernirse sobre mí. Cada tronco se me antoja un ánima, cada sonido un murmullo, cada rama una garra.
Mi caballo está nervioso, alerta, intuye algo.
Estoy desorientado y doy vueltas. La noche está cerrada, negra como el carbón. Ni siquiera un rayo de luna se filtra entre las hojarasca.
Un búho ulula. El viento mece las copas. Yo prosigo con desesperación en busca de una señal que me oriente.
Tras largo rato cabalgando descubro un pequeña luz al fondo. Al principio es tenue, fugaz, parece estar en movimiento. Luego se fija en un punto y se vuelve más y más brillante. Me detengo sopesando si dirigirme hacia ella. Albergo la esperanza de que se trate del farolillo de un campesino. Sin embargo, cuanto más la observo más extraña me parece. En su progresión llega a un punto que me deslumbra de tal modo que no alcanzo a ver lo que hay detrás.
Repentinamente algo dentro de mí me ordena que me aleje, una corazonada, una premonición. Siento un ataque de pánico ante las escenas horribles que se dibujan en mi cabeza, trazando un millar de posibilidades - todas ellas escabrosas- si continúo acercándome al extraño albor. Ánimas, seres, monstruos nublan mi mente.
Rápidamente aferro las riendas y con furia azoto a mi caballo para alejarme a toda prisa de allí, pero al volver la vista atrás los encuentro.
Ya es tarde, refreno mi caballo y bajo lentamente mientras me siento morir al contemplar la oscura procesión. Esos ojos, esa mujer que viste de negro y aferra el farolillo con manos huesudas, es ella, mi difunta madre que vuelve desde el más allá para que me arrepienta de mis múltiples pecados.
¡Ay de mí! Que viví locamente, que hice cuanto me vino en gana y que cuando las viejas se reunían a contar los cuentos de la Santa Compaña reí a carcajadas.
¡Ay de mí! Que siento la guadaña de la muerte sobre mi nuca y tiemblo de arriba abajo porque ante mis ojos pasan despacio la ánimas de mis antepasados, y las de los que a fierro di muerte, que me miran con llamas en la pupila. Llamas infernales que se me han de llevar.
Arrepentido estoy de veras madre. Quisiera gritar, pero mi garganta no es más que otra parte inerte de mi cuerpo.
Y todo vuelve a mi memoria, desde que empecé mi mandato por estas tierras norteñas del reino, desde que madre murió, desde aquella desgracia. Y todo pasa por mi mente.
Desde aquella fría mañana en el mismo bosque en el que ahora perezco…